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Silvia Terrón escribe sobre "Sin cobertura" (La Bella Varsovia, 2010)

Sin cobertura (La Bella Varsovia, 2010) Disponible aquí. Fotografía de portada: Laura Rosal

Sin cobertura (La Bella Varsovia, 2010) es un poemario de vigilia, del apremio, poblado por la búsqueda, la espera, los presentimientos y los deseos que esperan "como nubarrones en el abismo". La acción es buscarse y no encontrarse, buscarse y no querer encontrarse, para volver a negar y de nuevo buscar, querer escalar "hasta la punta" de una frente, redescubrir momentos de antaño que saltan desde cualquier detalle y despojan el hilo del pensamiento. Esperar. Y el deseo, y la fuerza, que incluso en los momentos en que se despeja de convicción (o se viste de incredulidad) sigue impulsando inevitablemente. Una fuerza que es lo contrario de la inercia, que fluye incansable desde el mismo punto que la espera y la acción. El destino existe porque existe la ruta, porque todos somos "un libro entrecortado" que inevitablemente se quiere saber a ciencia cierta, pero ese libro contiene laberintos de calles a explorar llenos de seres ajenos que creemos necesario conquistar para conocer, para comprender, olvidando que todo se mueve y gira incesante: la plaza conquistada cambia constantemente de lugar, y se nos escapa. Sólo es posible aspirar a capturarlo en una fotografía, en una imagen que, fuera de contexto, permanezca en la memoria selectiva, pero esa imagen tendría un barniz de pose, de decorado: la realidad es otra, y rebasa el vaso una y otra y otra vez. La realidad no se puede achicar.

Mientras, la voz se empantana en el presagio, pero la tarde es el momento capaz de restablecer el equilibrio y despejar momentaneamente el barro y las espinas. Hay despedidas y nacimientos simultáneos, la convicción gira de norte a sur y de vuelta. El norte se convierte en sur, hasta que los puntos de referencia se vuelven relativos y sólo vale la luz y la mirada para orientarse.
Y, en todo el proceso, la forma que se cansa de mantenerse firme y se deja ir, volviéndonos "despojos de la sílaba, un curasao sin la corteza".

La noche permite contar luces, convertirse en vigía de algo que no se sabe pero se intuye. La importancia de la presencia y de la guardia se impone por encima del día, "vigilando por un agujerito la medianoche" pero sabiendo que "nada es lo que parece/ cuando abro la ventana". Aunque "los hombres son muros de contención", la vida desborda, viene de todo, abarca todo y se impone. Llega entonces, por fin, el aliento, el soplo que habita la voz y la subraya: a las 4:07 de la madrugada la vida "viene galopando" pero llama al timbre y espera. Desde ese instante resurgir, retomar la vida, comenzar vuelve a ser posible. Esa llamada al timbre detiene los giros y los transforma en una trayectoria posible en línea recta. Es una línea de puntos, aún sólo una posibilidad, pero lleva a algún sitio que desconocemos por el camino más corto.

Silvia Terrón (http://www.silviaterron.com/)